La teoría de la programación fetal

Durante períodos críticos del desarrollo, un embrión o feto que carece de nutrientes esenciales u oxígeno, o que está expuesto a sustancias perjudiciales como el tabaco o el alcohol, puede verse forzado a alterar su proceso de desarrollo normal para sobrevivir. Dichas adaptaciones pueden dar lugar a una alteración permanente de la estructura y la función de algunos órganos del feto, lo que puede incrementar el riesgo de contraer ciertas enfermedades más adelante. Una claro ejemplo es la TEORIA DE BARKER  o mejor conocida como EFECTO  PROGRAMADOR INTRA-UTERINO

 

TEORÍA DE BARKER

 

David Barker en 1980, formuló una hipótesis que relacionaba la incidencia de determinadas enfermedades del adulto: diabetes mellitus, hipertensión, dislipemias, muerte por enfermedad coronaria, con el ambiente intraútero.

El postulado sostenía que “la nutrición, la salud y el desarrollo deficientes en niñas y mujeres jóvenes constituyen una causa de elevada prevalencia de mortalidad cardiovascular en la generación siguiente”. Posteriormente el concepto fue ampliado adjudicándose un origen prenatal y se aplicó a otras enfermedades crónicas tales como diabetes, enfermedades pulmonares, alteraciones del desarrollo cognitivo y cáncer.

La restricción del crecimiento intraútero y el pequeño tamaño al nacer, se han identificado como un marcador de nutrición negativo. El efecto en el corto plazo permite la supervivencia del feto, mientras que a largo plazo predispone a enfermedades de la edad adulta.

En el libro “Mothers, babies and health in later life”, Barker plantea que la nutrición intraútero y la exposición a infecciones luego del nacimiento determinan la susceptibilidad de enfermar en la edad adulta

Para comprender la susceptibilidad a las enfermedades, desarrolló la idea de la “plasticidad del desarrollo”: el concepto describe la capacidad de un genotipo para producir más de una alternativa estructural o fisiológica como respuesta a las necesidades ambientales y, a su vez, dependiendo de ellas. La “plasticidad del desarrollo” requiere así de una modulación estable de la expresión genética, que parece mediada en parte por procesos “epigenéticos”, los cuales se definen como cambios estables y hereditarios o potencialmente hereditarios en la expresión de los genes sin que ocurran cambios en la secuencia del ADN.

 

Hipótesis Fenotipo / Genotipo ahorrador

 

La teoría del fenotipo ahorrador fue descripta por Barker, a partir de observaciones epidemiológicas, con el fin de explicar las asociaciones entre el crecimiento fetal deficiente y el desarrollo posterior de intolerancia a la glucosa y síndrome metabólico. Diversos estudios muestran cómo la malnutrición materna durante la gestación desencadena una serie de adaptaciones metabólicas fetales, el llamado “fenotipo ahorrador”, que en la edad adulta aumenta el riesgo de desarrollar enfermedades cardiovasculares, hipertensión arterial, hiperinsulinemia, hiperleptinemia y resistencia a la insulina, especialmente en condiciones de sobre-aporte energético.

 

Elementos involucrados en la hipótesis del “fenotipo ahorrador”

 

1. El crecimiento fetal (y probablemente infantil) se ve alterado cuantitativamente y cualitativamente de acuerdo con las características del entorno nutricional, la influencia de las hormonas maternas y las de origen placentario.

2. Estos cambios biológicamente presentan beneficios, dentro de los cuales hay “ahorro de energía” para suplir las necesidades del crecimiento en forma relativa, priorizando algunos órganos vitales como el sistema nervioso central. Así, habrá diferencias en órganos como por ejemplo en el hígado, el músculo, y en el tejido adiposo, en los que se pondrá de manifiesto la programación para sobrevivir en estas condiciones.

3. El fenotipo ahorrador es beneficioso en determinadas circunstancias pero se torna perjudicial en ocasiones durante la edad adulta cuando se presentan cuadros de sobrealimentación.

4. Las consecuencias metabólicas de la situación se pueden deber a un cuadro de insulino-resistencia y/ o escasa secreción de insulina.

Neel, en 1962 plantea la hipótesis conocida como: “el genotipo ahorrador o atesorador”, para explicar en algún punto la etiología de la diabetes y de la obesidad.

La predisposición para padecer diabetes podría surgir de variaciones genéticas las cuales tendrían ciertas ventajas para la supervivencia del hombre en épocas de hambrunas pero que más tarde, ante situaciones de abundancia, se transformaría en una desventaja. Con el paso del tiempo el hombre se fue adaptando al medio ambiente y fue evolucionando y elaborando estrategias de supervivencia desde la época de cazador y recolector hasta la actualidad. El metabolismo “atesorador” o ahorrador le posibilitó sobrevivir en ambientes hostiles, con períodos de hambrunas que alternaban con periodos de abundancia. La secuencia de eventos le permitía atesorar reservas calóricas como grasa para superar los períodos de escasez o falta crítica de alimentos.

Según Neel los mecanismos involucrados eran un rápido incremento de la insulina después de comidas abundantes que minimizaba la hiperglicemia y la glucosuria postprandial y permitía el depósito de energía.

 

Epigenética

 

La programación de las enfermedades puede darse por medio de alteraciones permanentes de una o más vías relevantes durante el desarrollo embrionario y fetal. El término “epigenética” hace referencia a los patrones hereditarios de la expresión de genes que se mantienen estables y que se suceden sin que haya cambios en la secuencia de ADN. Los principales cambios son la metilación del ADN y la diferente organización de las histonas. La metilación del genoma varía según los tejidos, los individuos o las condiciones de enfermedad, y se ha visto que la desorganización de la impronta genómica está relacionada con diferentes enfermedades en adultos.

Los cambios o modificaciones epigenéticos pueden tener efectos en el largo plazo sobre la salud e, inclusive, transmitirse de generación en generación. De allí la importancia de comprender cómo este fenómeno se incrementa de forma progresiva en la actualidad. Considerar los factores del ambiente intrauterino e identificarlos precozmente puede ser de utilidad cuando en la práctica se evalúa un niño “pequeño”, es decir, esta situación clínica se debe entender como el resultado de una suma de factores desde etapas tempranas del desarrollo.

En el adulto joven es importante conocer estas situaciones con el objetivo de iniciar tempranamente políticas de salud tendientes a prevenir las ECNT. La alimentación juega un papel trascendental: evaluar los hábitos alimentarios, con un marcado empeoramiento en los últimos tiempos, y que se presentan de formas muy heterogéneas de acuerdo con las pautas culturales que condicionan las actuales “distintas maneras de comer”.

La posibilidad de determinar un perfil genético de un individuo y lograr la integración de los datos en una compleja red de interacciones metabólicas constituye un desafío en el área de la nutrición. Se puede inferir que intervenciones nutricionales en períodos críticos del desarrollo (pre-concepcional, gestacional, post-natal, infantil) determina una reducción del riesgo de padecer enfermedades como la obesidad en la edad adulta. La capacidad de modificar la expresión génica través de la alimentación se debería considerar un desafío en el campo de la nutrición y se la salud pública. Si se identifican estas condiciones es posible considerar una adecuada vigilancia epidemiológica de los sujetos susceptibles mejorando su estilo de vida, controlando las características de la dieta para evitar o retardar la aparición de las enfermedades antes mencionadas. Es probable que una correcta rehabilitación nutricional pueda evitar complicaciones agudas y crónicas en poblaciones de riesgo.

La transmisión transgeneracional hace pensar que los cambios beneficiarían a generaciones futuras, aun cuando no existan manifestaciones clínicas evidentes.

 

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